Si le doy una noticia emocionante a mi abuela enferma, ¿resistirá su corazón?
Benedicta murió a los ochenta y cinco años, rodeada de amor, pero nadie celebró su partida.
¿Por qué lo digo?
Alrededor de un mes antes de morir pasaba muchas horas en la cama recordando a su madre, a sus hermanas, a su querida Aldea Vehia en Portugal y negándose a comer. Con los viejos, la invitación no resulta tan tierna como cuando a los bebés se les dice: “¡Ahí viene el avioncito!”, sino que a ellos directamente se les ordena que coman, mientras se les presionan los labios con la cuchara.
Lo cierto es que mi abuela me pedía que la ayudara a convencer a las hijas de que no le insistieran, porque no podía tragar nada. Pero yo era sólo su nieta –y por parte de hijo varón–, lo que agregaba un matiz especial a la constelación familiar ya que, en definitiva, no tenía poder sobre ella; esta autoridad suelen tenerla las hijas o, eventualmente, las hijas de las hijas.
En ese tiempo, tuve la oportunidad de viajar a España y encontrarme con mi hermano, quien estaba trabajando cerca de Portugal.
Mi sorpresa fue enorme cuando, al llamarlo para contarle que lo visitaría, lo escuché decirme a través del teléfono:
–¿Y si alquilamos un auto y nos vamos a la aldea de la abuela? ¿O, por lo menos, tratamos de conocer a ese sobrino tan querido de ella?
Él había nacido mucho tiempo después de que mis abuelos llegaran a América, pero había aprendido a quererla y se ocupó durante todo el tiempo –a través de obsequios y cartas leídas por los hijos mayores– de mantener el hilo mágico que nos unía a nuestros antepasados.
No viene a cuento describir la alegría que nos produjo conocernos y la fiesta que nos hicieron todos cuando llegamos. Pero sí que, al volver a Mar del Plata y correr exultante junto a la abuela para contarle de nuestro encuentro, mis tías me pararon en el aire.
–¡Ni se te ocurra decírselo, su corazón no lo resistiría! –me advirtieron.
Por un instante dudé.
¿Mataría yo a mi querida abuela con una buena noticia? ¿Un encuentro tan deseado por ella durante tantos años y privarme de decírselo “para no matarla”?
Traté de ordenar mis pensamientos.
Las alegrías no pueden destruir a nadie, y si después de una buena noticia la persona muere, quizás era eso lo que esperaba para morir. Es el dolor, y principalmente el rencor, el que nos quiebra, pero nunca el amor.
En aquel momento yo era joven, no había vivido medio siglo, como hoy, de manera que entré en la habitación con coraje, temor, incertidumbre y miles de dudas.
–Abuela –le dije tímidamente–, tengo una noticia maravillosa para darte.
Mientras se lo contaba, sus ojitos se llenaban de lágrimas, de sonrisas, de emoción, algo que valió la pena de ser vivido.
Fue en ese momento que me confió que desde hacía un tiempo no podía mantenerse en el presente, sino que su cabeza estaba en la vieja aldea con su madre y sus hermanas. Incluso por momentos no reconocía a su familia y olvidaba el español. Por suerte, su fin fue cuestión de días.
En el velorio escuché voces desgarradoras preguntándose: “¿Por qué te fuiste?” “¿Por qué nos dejás?”
Entre tanto, yo me decía: “¿Qué error cometemos, una y otra vez, para tener esa falsa sensación, cuando alguien muere, de que nos deja?”
Mi abuela no nos dejó; sólo vivió una vida con aciertos y desaciertos, dolores y alegrías, y murió viejita, cuando ya todos estábamos repletos de su amor. Al menos, en mí, sigue viviendo: en los jardines, cuando me encuentro con las dalias que tanto le gustaban, sus calas, con el olor impregnable de la flor de ángel; también en el aroma del café recién hecho mezclado con alguna tostada quemada, raspada y untada con miel que, a pesar de todo, sigue siendo rica.
Ahora bien… ¿por qué hablar de la muerte de mi abuela paterna si lo que quiero es encontrar caminos placenteros para andar con mi madre vieja? Pues porque aprendí mucho con ella, y eso me sirve para el tramo que me toca vivir con mi madre.
Para pensar:
En Occidente, hablar acerca de la muerte no es una práctica habitual. Para acercarnos al tema, necesitamos entonces hacer un viaje introspectivo –si es preciso hay que forzarlo– a través de nuestras vivencias. La forma en que murieron nuestros abuelos, por ejemplo, probablemente haya quedado grabada en nosotros, de modo que apelar a ese recuerdo podría resultar útil para tomar decisiones.
