Mi pareja se olvida de las cosas, ¿qué hago?
A veces tengo la impresión de que vivo en dos frecuencias; en AM, que es la que me conecta con el mundo, y en FM, que es mi diálogo interno.
Cuando mi marido se olvida hasta de lo que más quiere, le digo en AM: bueno… los años no vienen solos, ¿quién no se olvida de algo a esta edad?
Pero, ¿qué me digo por FM?
¡No puedo creerlo! ¿Qué nos espera? ¿Cómo se lo digo? ¿Quién me va a ayudar? ¿Será un principio de Alzheimer? Dios mío, ¿qué hago?
Sé que la memoria es selectiva y olvida lo que no usamos constantemente. Es una herramienta que no apreciamos mucho, pero nos permite relegar un montón de información innecesaria, para no enloquecer.
Sí, sí, sí… todo eso lo sé, pero…
Es todo un problema este de los olvidos. “Mal de muchos consuelo de tontos”, dice el refrán… y es cierto que todos los padecemos; que mi memoria falle, ya no me inquieta tanto, pues me hice todos los estudios y dicen que no tengo ningún problema. Claro, el neurólogo se queda tranquilo, pero lo cierto es que mi memoria corta anda tecleando y eso es lo que me molesta. Por ejemplo, me digo: “¿dónde habré dejado la agenda, el celular y los anteojos?” Y cuando los encuentro, no recuerdo para qué los quería ni a quién tenía que llamar.
Con mi marido hemos bautizado a la escalera de casa con el nombre de “El túnel del olvido”, porque cada vez que la subimos o bajamos nos olvidamos qué íbamos a buscar. Nuestro consuelo es pensar en el saludable ejercicio que demanda volver a subirla, ¡cuando nos acordamos para qué!
Para mi alivio, un Maestro me aseguró que los olvidos tan comunes de este tiempo responden a una necesidad de aprender a olvidar, por los tiempos que se vienen y los momentos que se viven.
Prefiero pensar que esa es la razón por la que mi marido no se acuerda dónde está parado, que pensar que es el preludio de una enfermedad degenerativa.
Mi primer contacto con la magnitud de un olvido fue, para variar, en medio de una discusión entre mi madre y mi hermano.
El hecho de que mi hermano mayor haya sido tan poco conformista, tan justiciero y con tanto coraje, me abrió el camino para la contemplación y la aceptación.
Como no me gustaba que estuvieran retándome todo el día, me comportaba como una nena obediente. Al punto que cuando le preguntaron a mi madre por qué yo no iba al jardín de infantes, ya que a mi hermano sí lo mandaban, ella contestó:
–No hace falta; Elita es tan buena…
Estuvo gracioso eso de ser “buena”, porque la única que sabía que no lo era… era yo. Sin embargo, la nenita se quedaba tranquilita y muy tranquila porque, total, ¡todo caía sobre él!
Tal vez, esa fue una de las semillas de la creencia que siempre tuve –y sigo teniendo–, de que a los hombres suele tocarles la peor parte, y les estoy muy agradecida por aceptarlo. Aunque, ¡ay, todo está cambiando!
Bueno, un día subimos al colectivo mi madre y nosotros dos. Había un asiento adelante y uno atrás. Mami se sentó en el primero, teniéndome a mí en la falda, y le indicó a mi hermano que se sentara en el último asiento, que estaba libre, pero él se negó.
–Es peligroso que te quedes parado, andá a sentarte.
–No voy.
–¿Pero cómo se te ocurre desobedecerme?
–No voy a ir –respondió reacio mi hermano.
–¡Maleducado! ¿Me podés decir por qué no?
–Porque –y aquí su cara se puso casi llorosa– si te olvidás de mí, no sé cómo volver a casa…
Mi madre se sonrió y no le contestó, de tan absurdo que le pareció el comentario. Sin embargo, yo no pensé que fuera para nada ilógico, porque ella era muy olvidadiza. Solo que yo, en mi condición de niña buenita, jamás lo hubiera dicho; el que enfrentaba a los grandes era él.
Pero si me hubiera tocado a mí, me hubiera ido a sentar atrás… ¡y no le hubiera sacado los ojos de encima a mamá!
Otra historia curiosa que recuerdo sobre este tema de los olvidos es la de mi amigo Pablo, que un día se olvidó el portafolio con documentos, papeles y llaves. Y eso no sería nada. ¡El problema es que no sabía dónde lo había dejado!
Por suerte, a la semana estaba cargando nafta y se encontró con una persona que le pareció cara conocida, pero a quien no podía identificar. Esas personas que uno ve y piensa “yo lo conozco de algún lado”. Por cortesía charló con él unos minutos y el hombre lo invitó a tomar un café.
–¡Ché Pablo, no te olvides de venir a buscar el portafolio que dejaste en mi negocio! –le dijo cuando ya se estaba yendo.
Pobre mi amigo… prefirió seguir siendo cortés como lo había sido hasta ese momento, en vez de decirle que no tenía la menor idea de quién era ese hombre, ¡y mucho menos que no recordaba nada de su negocio!
Claro está que el tema es cuando el marido de una es el que olvida todo, pues como una es la que dispone de un poco de tiempo libre, es la que tiene que renovar los papeles del auto, la tarjeta de crédito, y hacer las copias de las llaves… sí, por supuesto, ¡la mujer!
Preocupados con el tema de la memoria, decidimos con mi marido que sería interesante hacer una consulta con un neurólogo amigo. Por suerte, él aceptó.
Habíamos pedido el primer turno del día para evitar tener que esperar, pero el médico se demoró bastante en llegar.
Cuando entró nos dijo: –disculpen la demora, pero no me van a creer lo que me pasó, ¡me olvidé dónde había estacionado el auto, me cansé de buscarlo y al final tuve que venir en taxi!
Para pensar Creo que el humor es el único paliativo. Discutir o suponer que es falta de atención o de interés, nos aleja del punto.
El paso del tiempo trae olvidos. Es bueno aceptar que suceden, y ser creativo con los ayuda-memoria: notitas, carteles en lugares estratégicos, hilitos anudados, anillos cambiados de dedo, relojes cambiados de muñeca, recordatorios por Internet…
Y, de hecho, practicar paciencia, aceptación y… como dijera mi abuela Benedicta, “a mala cabeza, buenos pies”.
