Mi marido no deja de fumar ¿qué hago?
Federico, un amigo que vive en Boston, tuvo que dejar de fumar.
–¡Basta de ser un paria! –nos dijo. Tomé conciencia de cuánto tiempo me llevaba pensar dónde podía fumar, porque en el edificio en el que trabajo no se fuma, y en mi casa mi mujer, que es abogada, ya tiene la demanda de divorcio preparada por si lo hago. Salir a la calle en primavera, tiene su encanto, pero en invierno nieva, vivo resfriado, porque por el poco tiempo que me lleva fumarme un cigarrillo, no me voy a poner botas, abrigo y un gorro –y seguía agregando inconvenientes–. Y, la verdad, es que me muero de frío, ¡además de los gestos –y a veces comentarios desagradables– que tengo que escuchar porque, al menos en Estados Unidos, la mayoría no soporta el cigarrillo! Era una guerra perdida, de manera que dejé porque no me quedaba otro remedio. Pero, en fin, no hay mal que por bien no venga, ¡hasta me siento mejor ahora!
A otro amigo, Juan, que vive en Suiza, le toca lidiar con el humo de su pipa. Cada vez tiene menos lugares donde fumar; él vive indignado, apelando a filósofos que escribieron acerca de las libertades individuales, pero le dicen que se vaya con su pipa a otra parte y que fume en lugares abiertos, siempre y cuando el viento “vaya para el otro lado”.
Por último, el padre de una amiga, a los 85 años todavía no dejó.
Juega al golf y él dice que con eso lo compensa; lo cierto es que ya ha tenido no sé cuántos problemas cardíacos, varios bypass, algunas terapias intensivas y ahí está… fumando.
Y usted conocerá muchos casos como estos.
Mi marido y yo somos ex-fumadores, e hicimos un proceso bastante simultáneo con el tema humo; inclusive no nos gusta que la gente que viene a casa fume, porque el olor queda impregnado. No siempre nos animamos a invitarlos para que vayan a fumar afuera, nos damos cuenta que no resulta simpático, pero hay que optar, ya que solo pensar en el olor que sentiremos al otro día en el desayuno, nos anima a pedirles que salgan y, de paso, miren hacia las estrellas.
Sin embargo, no en todos los casos se da que dejen los dos al mismo tiempo y allí es cuando la cosa se torna un poco más problemática. Si a uno ya le llegó “su” momento para abandonar la adicción, ya le llegará al otro… o no; pero es conveniente que cada uno se ocupe de su propio cigarrillo y maneje sus propios tiempos.
Para pensar
El olor a cigarrillo que él ya casi no percibe, porque lo tiene impregnado, puede ser algo horrible de soportar para la mujer; y no sólo desagradable, sino tóxico; se ha hablado bastante de los fumadores pasivos.
Esos son algunos de los motivos por los cuales el fumador pasa a sentirse tremendamente culpable –estado que no sirve para nada–, cuando, en realidad, mi sugerencia es llegar a un acuerdo; por ejemplo, cuáles lugares de la casa serán aptos para fumar, y cuáles no.
